Laudato Si, la Rerum Novarum de Nuestro Siglo

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Compartimos en nuestro portal, el siguiente artículo, escrito por el P. Alejandro Fabres para el sitio internacional de nuestra Congregación, cmglobal.org, sobre el aniversario de la Encíclica del Papa Francisco Laudato Si:

Preliminares

Hace 129 años, el día 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII, publicó la encíclica Rerum Novarum, “De las cosas nuevas”, considerada el inicio de lo que hoy conocemos como Doctrina Social de la Iglesia.  El Eje central de este documento fue la cuestión obrera, la dignidad del ser humano, el derecho a sindicalización, a la propiedad privada, pero también al reparto equitativo de los bienes y la superioridad del ser humano por sobre las ideologías, tanto del incipiente pensamiento estatista de corte marxista, que miraba al individuo como un engranaje más del aparato estatal y del capitalismo desenfrenado, que asumía a la persona como parte del sistema de producción y del capital.

El ambiente en que dicha encíclica se escribe es el de la revolución industrial, considerando los costos que ella tenía para las cuestiones tratadas en este documento. Nadie puede negar que la Rerum Novarum marcó un hito, no sólo al interior de la Iglesia Católica, sino también  a nivel del pensamiento humanista cristiano y la trascendencia que generó en el mundo político y que hasta hoy se refleja en el trato de cuestiones tan viejas y tan nuevas

Fue por ese motivo que, cuando me senté a releer “Laudato Si”, no pude dejar de pensar, desde sus primeras líneas, que quien se tome en serio el tema de la Doctrina Social de la Iglesia, el pensamiento humanista cristiano y el compromiso con el ser humano y su dignidad, no puede pasar por alto este documento, y no considerarlo el inicio de un nuevo trato en nuestras relaciones con el ser human, en cuanto a los contextos económicos, políticos y sociales que lo afectan, pero que además, de todo lo relacionado con la persona, ya que incorpora un nuevo elemento a esta discusión: el ámbito de la ecología  y de cómo el ser humano debe hacerse parte y responsable en él.

Si bien es cierto, algunas encíclicas y otros documentos eclesiales anteriores habían incorporado y esbozado el trato con la naturaleza, ellas eran enfocadas desde una mirada más bien antropocéntrica. Laudato Si, es la primera encíclica que enfrenta el tema de la ecología como eje temático, poniendo de relieve al planeta y al ser humano, como parte y responsable de él. Si antes se dijo “nada de lo que le sucede al hombre le es indiferente a Dios”, este documento asume esta nueva perspectiva: “nada de lo que le sucede a la naturaleza le es indiferente a Dios”. Es decir, el texto tiene la capacidad de ampliar el horizonte y ayudarnos a mirar más allá de nosotros mismos. Nos abre a la grandeza de la creación y desde allí, nos posiciona para hacernos tomar conciencia de que nosotros somos parte de esta naturaleza y lo que le afecte a ella, también nos afecta a cada uno de nosotros, de forma individual y como colectivo.

No es casual que Francisco haya escrito esta encíclica. Desde que inició su pontificado, el 13 de marzo de 2013, mostró un rostro nuevo que necesitábamos todos los católicos. El ser un Papa venido de las tierras de Abya Yala, debía marcar una  diferencia. Un hombre que mira el mundo desde nuestro continente americano, y no desde cualquier parte de América, sino precisamente desde la parte sur, hace imposible que no tenga una sensibilidad diferente por la Pachamama, la Madre tierra. Esta tierra sobre explotada en sus recursos por el norte rico e industrializado, esta parte del continente que ha librado grandes luchas reivindicativas por sus derechos al agua, a que los recursos naturales permanezcan en nuestro terruño, a que la industrialización no sea tan voraz; donde hemos aprendido a escuchar a los pueblos indígenas, al mestizaje, a los negros traídos por los españoles, ingleses y portugueses y vendidos como esclavos en estas tierras. En este continente con historia de sangre y de dolor -como las de Romero, Angelelii- que, siguiendo la senda de Bartolomé de las Casas y de otros, regaron este huerto florido con las sangre del Martirio.

No es casualidad que el nombre que el cardenal Bergoglio haya tomado para su pontificado, fuese el del santo que le cantó a la naturaleza y desde donde se extrae el nombre de esta hermosa encíclica, “Alabado seas mi Señor”. Era casi normal que, el primer documento escrito íntegramente por el Papa Francisco, fuera un documento que habla desde la ecología, la naturaleza, nuestra relación con el entorno, las repercusiones que el maltrato al planeta tiene en la vida de los pobres y especialmente en la vida de aquellos pobres que son siempre los que terminan pagando los costos de lo que hemos provocado con la sobreexplotación de los mares y ríos, la desforestación de los bosques y la sobreexplotación de los recursos minerales, todo lo que ha desencadenado en nuestro planeta, especialmente en lo concerniente al cambio climático.

Así como León XIII nos sitúa en el contexto de la Revolución Industrial, Francisco nos pone en el de la globalización existente, considerando los aspectos positivos y negativos que ella tiene, además de las nuevas problemáticas emanadas de la bio y  la nanotecnología, la economía de libre mercado, las presencia de los grandes consorcios económicos y su presencia explotadora de los recursos hídricos, mineros, y forestales, en los cinco continentes.

Contexto bíblico

El documento parte desde la sensibilidad de Dios en cuanto a la naturaleza, desde el mismo momento de la creación, haciendo una relación, en el Antiguo Testamento, desde el texto del Génesis, cuando vio Dios que todo lo que había hecho era bueno y le pide al hombre el cuidado y la protección de la misma. En los textos del Deuteronomio, nos hace comprender cuál es el significado que para los creyentes debía tener el día del descanso, el tiempo considerado cada siete años para que la tierra se renueve y dé sus frutos y el sentido del jubileo como un tiempo de gracia para todos y todo lo creado. Un tiempo de justicia, incluso para la naturaleza. Toma los textos de los salmos y nos recuerda cómo el hombre alaba la creación y en ella también alaba a Dios, quien muestra su amor por la humanidad, a través de la naturaleza.

En el Nuevo Testamento, Jesucristo plenifica con su presencia toda creación, no sólo la parte concerniente a la humanidad. Y con su muerte y resurrección destaca el compromiso que Dios tiene con la creación, puesto que es desde allí desde donde él hace nuevas todas las cosas. En las palabras de Jesús, cuando señala que ni el mismo Salomón vistió tan magníficamente como lo hacen las flores del campo ni las aves del cielo, muestra una empatía con la creación y la importancia que ella tiene para el hombre. Tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, el concepto de creación hace referencia a la naturaleza completa. Dios no parcela, sino que integra al hombre dentro de todo lo creado.

La problemática ecológica hoy

Si León XIII llevó al mundo a reflexionar sobre el ser humano y su dignidad, mostrando los errores que las grandes ideologías presentaban cuando, desde sus miradas economistas, deshumanizan al hombre. Francisco nos sitúa en los
nuevos contextos ideológicos. La mirada que, como personas de fe y de buena voluntad, estamos llamados a tener para generar una verdadera ecología social e integradora que sea capaz de superar un ecologismo radical, en donde el ser humano no tiene cabida y que es muy propio de los sectores más acomodados que hablan del respeto a la tierra, a los bosques al agua, pero desde una perspectiva de clase y desde el primer mundo, sin considerar a los pobres que habitan en esos otros lugares, donde no hay agua, donde la tierra ha sido sobre explotada y donde las personas se ven afectadas por la falta de alimentos y de recursos. Esa mirada desde el privilegio, que unos pocos tienen por sobre esa mayoría que pide a gritos mayor equidad en el reparto de los bienes y la posibilidad de trabajo, salarios, salud, educación, vivienda e incluso espacios de recreación con mayor dignidad. Y por otro lado, aquellos ambientes empresariales que hablan de progreso y de economía, sin tener presente a los miles de mujeres y hombres que son explotados, usados y luego desechados por este sistema que engulle a la persona y luego la arroja como objeto inservible. Francisco nos invita a la búsqueda de un equilibrio que nos permita generar condiciones dignas para todos, sin perder el respeto a la naturaleza, convocándonos a una economía sustentable, aprendiendo a mirar el sentido de lo permanente de los recursos por sobre la transitoriedad de las cosas. A generar conciencia de esas tres erres, que el modelo ecológico ha introducido pero que nosotros como cristianos posiblemente no hemos integrado: Reutilizar, Reducir y Reciclar.

Algo importante y novedoso de esta encíclica, es que Francisco reconoce la necesidad de no sentirnos ni creernos dueños de la verdad, sino que es necesario aprender a escuchar a los especialistas en los temas medioambientales, lo que no es materia fácil de comprender ni menos de asumir; buscar el apoyo en iniciativas de hombres y mujeres de buena voluntad, aún de los no creyentes. Y de mirar a las demás ciencias como un aporte y no como un peligro para buscar caminos de convergencia. Invita al mundo a valorar el aporte ético, que desde nuestra fe, los cristianos podemos brindar al desarrollo de una ecología transparente y en donde el ser humano pueda estar presente como parte de este sistema que Dios nos ha regalado como nuestra única casa: nuestro planeta tierra, en donde debemos aprender a vivir y desarrollarnos en armonía, entre todos los pueblos y naciones de la tierra.

Conclusión

Laudato Si es, a mi entender,  el punto de partida para un nuevo trato entre el ser humano, Dios y la creación. Como creyentes nos invita a asumir, con responsabilidad, lo que nos corresponde en el cuidado del medioambiente y como vicentinos, debemos considerarlo, a mi juicio, un documento de vital importancia, teniéndola presente en nuestras planificaciones pastorales y en nuestros trabajos cotidianos. Hemos de ser punta de lanza para generar un cambio al interior de nuestras propias comunidades de manera congregacional y a nivel eclesial, en cuanto a los aportes pastorales que ella nos hace y que pueden ser integrados en nuestras prácticas y discursos catequísticos,  puesto que el cambio climático y todo lo que de ello se desprende, afecta cada vez más la vida de los pobres. Aún estamos a tiempo de hacer ese cambio tan necesario. Mañana puede ser tarde.

Alejandro Fabres, C.M.