UN ESTUDIANTE PROTOMARTIR DE NUESTRA CONGREGACIÓN

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UN ESTUDIANTE PROTOMÁRTIR DE NUESTRA CONGREGACIÓN.

TADEO LEE

San Vicente contaba en su congregación con una quincena de misioneros irlandeses, el primero de los cuales John Skyddie, había ingresado en 1638. La mayoría eran exiliados que habían encontrado en Francia la vocación sacerdotal y misionera.

Naturalmente recurrió a ellos para que trabajasen en su propia patria.

Fueron escogidos 6, todos ellos jóvenes y animosos: Gerard Bryan, Edmond Barry, Dermont Duggan, Francis White, Dermont O’Brien y Thaddeus Lee.

Después de un arriesgado viaje llegaron a Irlanda en los primeros meses de 1647, en dos equipos comenzaron a trabajar en las diócesis de Cashel y Limerick.

En 1649 se desató una sangrienta persecución anticatólica. Se le ha llamado la Conquista de Irlanda por Oliver Cromwell. La conquista fue extremadamente brutal. Se ha alegado que muchas de las acciones militares que se llevaron a cabo, serian hoy en día calificadas como crímenes de guerra o incluso genocidio. Se estima que la campaña resultó con la muerte o el exilio de aproximadamente entre el 15% y el 20% de la población irlandesa.

La represión se ensañó especialmente contra los sacerdotes. La captura significaba la muerte. En 1652, el benjamín del grupo Tadeo Lee fue bárbaramente martirizado en presencia de su propia madre. Los verdugos le cortaron las manos y los pies y luego le molieron la cabeza. La Congregación de la Misión tenía su primer mártir.

De Tadeo Lee sabemos muy poco, solo que nació en 1623 en el Condado de Limerick. Entró en la Congregación el 21 de octubre de 1643 e hizo sus votos el 7 de octubre de 1645. Fue enviado a Irlanda como estudiante.
Seguramente nuestro primer mártir nunca subirá a los altares, porque sabemos muy poco de él y ya han pasado más de 370 años de su martirio. Pero no debemos olvidar que fue un estudiante, que conoció personalmente a San Vicente en París, y que murió lejos de sus compañeros de formación, torturado frente a su propia madre.

¡Que su memoria sea eterna!

P. Mario Villar Gómez, C.M.