Se puede afirmar que el acompañamiento espiritual es un verdadero arte, un arte de la escucha atenta, del tiempo paciente. Un arte que colabora en enderezar el espíritu hacia lo grande, que colabora para que la vida se anime a saltar a lo trascendente.
Quizá el acompañamiento es una de las tareas descuidadas por muchos consagrados, porque la suma de compromisos contraídos produce una urgencia de respuesta pronta, porque ya se cree que se ha crecido lo suficiente en lo espiritual y teológico, por ende se ha adquirido tanta ciencia o sabiduría que no se necesita a alguien que camine con nosotros y nos haga conocernos más en el presente…puede ser también que el consagrado o consagrada no esté dispuesto a abrir su alma, por temor, por vergüenza, por falta de confianza.
¿Qué ha ocurrido en muchos hermanos de religión que han sucumbido a crisis de depresión, que ha dejado su consagración de lado o han decidido, sin darse cuenta, en vivir su consagración en aparente fidelidad y entrega al Reino?
Es de gran importancia valorar el acompañamiento espiritual, por el cuidado de la fidelidad y la alegría a la vocación entregada.
Como todo cristiano, un consagrado no ha de peregrinar en las fabulosas luces del éxito, con el ansia de brillar como el único e imprescindible héroe de la fe. Un cristiano peregrina en la humildad, en el servicio, en la búsqueda de los tesoros del cielo para compartir con sus hermanos. Peregrina con la alegría de saberse acompañado y de contar en cada descanso con el regazo de Dios (Sal 131).
En ese caminar juntos hay un tiempo para ir reconociendo las limitaciones sinceramente, pero no para vivir más inclinados, con unos permanentes sentimientos de culpa que paralizan la donación, la gratuidad. Reconocer en ese caminar las limitaciones es la oportunidad para dejar entrar la gracia, para dejarla actuar, de manera que un día se pueda proclamaba con gozo desde cualquier aerópago “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
En un buen acompañamiento espiritual encontraremos el tiempo para ser escuchados, la compasión para ser entendidos, la fuerza y el testimonio para ser vigorizados como buenos discípulos. Pero tendremos que tomar en cuenta que quien nos acompaña no actuará como ese amigo cómplice de nuestras “travesuras” sino que actuará desde una paternidad que corrige, que incluso nos puede hacer doler con una buena poda, una poda necesaria para dar más frutos (Jn 15,2).
Consideremos que el mundo nos hace entrar en la dinámica de que el tiempo lo cura todo o lo cambia todo, y puede ser una verdad en muchas ocasiones (como un duelo o una separación). Sin embargo, un verdadero cristiano no se convierte con el tiempo, se convierte con el tiempo que pasa frente a Dios. Es por eso que el acompañante ha de incertivar en el acompañado el hermoso y fructífero hábito de la oración, pero de la oración profunda, que conmueve, que hace salir de un cajón para ser sal y luz del mundo (Mt 5,13-16).
El acompañamiento espiritual debe confiar en nuestra conversión (no significa que seamos grandes pecadores), debe confiar en que la gracia de Dios actúa y seguirá actuando en nuestra debilidad, en nuestro ser frágiles vasijas de barro donde llevamos un tesoro.
Y como el acompañante confía en nuestra conversión, en nuestro crecimiento espiritual, en nuestro peregrinar sincero hacia Dios (trascendencia) nos da tareas para salir de nosotros mismos, de nuestro “yo” encerrado o egoísta concentrado en sus gratificaciones.
Un buen acompañamiento los ilumina para animarnos a desarrollar disciplina, a elaborar un proyecto de vida, a salir de nuestras zonas confortables, a madurar con alimentos sólidos (la vivencia profunda de la vida eucarística, de la vida sacramental, la buena lectura espiritual, sobre todo la Palabra de Dios como cabecera).
Un buen acompañamiento nos habla con entusiasmo para avivar la vivencia de nuestra fe, de manera de vivir una “fe sólida” que se afirma en la roca cuando hay tempestades y que considera el mundo como el lugar teólogico donde está presente el Señor aún caminando entre nosotros con el constante poder de su llamado a seguirlo y a ir ahora, no sólo por la orilla del mundo, sino a ser pescadores de hombres (Lc 5,1-11).
Pablo Rodrigo González Sandoval C.M.